El final de la temporada de caza
Puede que esta temporada haya dejado buenos recuerdos en la memoria de muchos cazadores, sin embargo muchos deberían hacer un esfuerzo por observar lo que realmente ha sucedido. Si uno se fija en los grupos de agujas colinegras, combatientes, chorlitos o archibebes podrá adivinar, sin dificultad, ejemplares con serios daños en alas y patas, claros testigos de una práctica desmedida y ejercida con escaso respeto sobre especies protegidas. Tampoco resulta extraño dar con alguna garceta grande a la que visiblemente le cuelga una de las alas tras haber recibido un disparo inoportuno y muchas han sido las ocasiones en las que, ya sea un atardecer entre semana o una noche tranquila de diciembre, hayamos tenido la desgracia de sentir ese eco sordo que tantas pasiones levanta.
El ejercicio de la caza en l’Albufera se ha desarrollado un año más con apenas control y sin información de lo que ha ido sucediendo. Poco se sabrá de las cifras totales de aves abatidas y mucho menos de lo que realmente ha pasado, y mientras tanto, en plena invernada y coincidiendo con los últimos días de caza, la actividad frenética de tractores fangueando y campos en seco a la espera de una nueva inundación que no llegará hasta bien entrada la primavera. El final de la caza coincide con una época delicada para l’Albufera, en la que en apenas en unos días extensas superficies del marjal quedan en seco y muchas aves se ven forzadas a abandonar este espacio en busca de otros lugares en los que permanecer lo que resta de invierno. Si la caza ha de ser un ejercicio de responsabilidad, de respeto y de sostenibilidad de los recursos naturales puede que su práctica en l’Albufera no sea todavía un buen ejemplo.
